Tecnología en la educación

por Diana Canella de Luna

Almacenar, procesar y difundir información es ahora parte de nuestra vida diaria gracias a la tecnología de la información y comunicación. En los últimos años hemos experimentado muchos cambios en la forma en que buscamos información, la compartimos y nos comunicamos, al punto que nuestra vida diaria y nuestro trabajo se han transformado. Ahora se habla de movilidad, de Internet inalámbrico, con el cual desde un dispositivo móvil accedemos a la información, música, fotografía digital, correo electrónico, salones de conferencias, y otros. Ahora ya no necesitamos llevar nuestros propios contenidos dentro de la memoria de un dispositivo sino que pueden estar almacenados en la nube lo que multiplica las posibilidades y cantidades de información disponible.

Considerando todos estos cambios que han evolucionado nuestra forma de aprender y comunicarnos, es importante preguntarnos si los estamos llevando y aprovechando en el sector de educación pública en nuestro país. La respuesta es sí, pero aún falta cobertura. Gracias a algunos proyectos del Ministerio de Educación, así como a través de alianzas y donaciones de organismos internacionales y organizaciones locales algunas escuelas del país cuentan con internet y recursos tecnológicos que han cambiado la forma en que se enseña y aprende en la escuela. Los niños de estas escuelas reciben mayor estimulación, motivación y mejor formación de los que no tienen acceso a la tecnología. La combinación de tecnología y contenidos apropiados, pertinentes y relevantes ayuda a los docentes a liberar el potencial de sus estudiantes ya que permite centrar la educación en el estudiante y no en el contenido. Esto significa que cada alumno aprende más y mejor ya que el proceso de enseñanza-aprendizaje puede adaptarse a sus necesidades individuales.

 Sin embargo, aún hay muchas escuelas que se rigen por el modelo educativo tradicional donde los alumnos sentados en pupitres ordenados en filas reciben la información que les brinda el maestro. Si a este modelo de industria escolar le sumamos que se carece de libros, podemos imaginar que lo que los alumnos serán capaces de aprender tendrá como techo la preparación y conocimientos que posee el docente.

En esta era de la información debemos replantearnos el rol del profesor, este ya no debe ser el depositario del conocimiento que debe impartir a los alumnos sino debe convertirse en el facilitador y guía para un conocimiento compartido para que los niños y jóvenes, utilizando las herramientas tecnológicas, puedan desarrollar destrezas y habilidades que combinadas con el acceso a la información les preparen para asumir la responsabilidad de su propio aprendizaje y les abra las puertas para alcanzar su potencial real y no conformarse con el actual.

En Guatemala no hemos sido capaces de mejorar los indicadores en la última década y si continuamos con nuestro modelo educativo, dentro de 10 años seguiremos preguntándonos por qué no mejoramos. Solo 6 de 10 alumnos que entran a primaria la terminan y el número de alumnos que continúan estudiando el nivel medio es bajo. Una de las mejores herramientas para combatir la deserción escolar es una buena motivación. La respuesta está en la tecnología, que vendría a ser un complemento al trabajo de los docentes, a la vez que se realizan programas de actualización y profesionalización para contribuir a preparar a los maestros para los nuevos retos.

La introducción de la tecnología en las escuelas como una herramienta para el aprendizaje puede hacerse de muchas formas, con laboratorios donde los alumnos acceden a información e investigan, con computadoras portátiles o tabletas que les permitan trabajar con contenidos del grado previamente instalados, y siendo la mejor y más completa opción que posean acceso a Internet para no solo tener acceso a tantos contenidos, sino permitir que los alumnos se comuniquen con el maestro, entre ellos o con estudiantes de otras escuelas o inclusive de otro país formando comunidades de aprendizaje global. Los alumnos con acceso a herramientas tecnológicas o digitales, pueden personalizar su aprendizaje, ya que podrán aprender a su ritmo y según sus intereses. Adicionalmente estarán desarrollando las destrezas tecnológicas que les serán muy útiles cuando se inserten al mundo laboral. Además a los que son curiosos se les abre nuevas oportunidades de aprendizaje, así como el estudio de un segundo o tercer idioma, según sea el caso.

Lo que necesitamos es atrevernos a llevar a cabo una innovación disruptiva en las aulas, como lo menciona Clayton Christensen en su libro “Disrupting Class”. Si lográramos hacer este paso con una estrategia país, de llevar los contenidos al aula introduciendo tecnología e Internet no solo se lograría ese rompimiento en la forma de formar a la niñez sino que esta nueva plataforma tecnológica serviría para brindar la profesionalización a los docentes en servicio, capacitar a directores y docentes en diferentes especializaciones, sería una plataforma rápida y eficaz de comunicación con todos los docentes, se podrían llevar exámenes y evaluaciones en línea, los docentes tendrían acceso a información que podría estar en el portal del Mineduc o en cualquier país del mundo. Se pueden crear redes de comunicación entre los docentes de Guatemala y con el resto de Latinoamérica que ayuden a compartir mejores prácticas, ideas e innovaciones. Las ventajas son múltiples pero sobretodo estaríamos formando a la niñez guatemalteca con los mejores contenidos de forma divertida y preparándolos para enfrentarse a un mundo globalizado con éxito.

La motivación del estudiante es la base para un aprendizaje eficaz y más aún para un aprendizaje para toda la vida.  Esta estrategia educativa del país debe trazarse como una estrategia atractiva que demuestre los ahorros en recursos, beneficios, cambios positivos, adelantos y mejoras en la calidad de la educación que serán posibles en este proyecto que sea apoyado por todos los sectores ya que la educación es responsabilidad de todos.

Hacia un plan educativo nacional de largo plazo

 

Por Luis Enrique López, PACE-GIZ

Toda sociedad requiere de una visión consensuada de futuro, pero en una sociedad étnica y culturalmente plural y compleja como la guatemalteca esta necesidad se vuelve un imperativo. A ello pretendieron aportar los Acuerdos de Paz de 1996, pero ni la sociedad ni el Estado han podido hasta hoy cumplir con esa desiderata. No cabe duda alguna que urge mirar el futuro desde una lógica de cohesión social, que supere la perspectiva multicultural del juntos pero no revueltos que parece haberse afincado en la mentalidad guatemalteca. Solo así se podrá avanzar, con perspectiva y actitud intercultural, hacia la Guatemala unidad en su diversidad que muchos anhelan.

En ese camino, a la educación le toca jugar un papel preponderante. En primer lugar porque los cambios ambicionados suponen la construcción de una nueva racionalidad compartida, así como de nuevos modos de pensar, sentir y actuar; y, en segundo lugar, porque se trata de llegar a consensos sobre
el tipo de sociedad, de país y de Estado que Guatemala necesita para afirmarse con sello propio en el Siglo XXI, y así superar las numerosas falencias que hoy la caracterizan. Como es de suponer, los retos que suponen la construcción de la unidad en la diversidad y de la cohesión social no son ajenos a  la búsqueda de nuevas lecturas de la democracia y de la formación ciudadana. Y, así como la formulación de un nuevo contrato social requiere del aporte de todos los ciudadanos guatemaltecos, hombres y mujeres, ladinos e indígenas, también la cristalización de nuevos acuerdos para un renovado sistema educativo, que aporte a ese renovado contrato social, solo puede lograrse con el involucramiento activo de representantes de los distintos sectores de la sociedad guatemalteca. En otras palabras, una discusión amplia y la búsqueda de consensos respecto al tipo de educación que queremos  contribuirán también al fortalecimiento de la democracia, de la interculturalidad y del sentido ciudadano en el país.

Pero así como la discusión de la educación que queremos bien puede contribuir a la generación de procesos internos de interculturalización y cohesión social, también puede coadyuvar a la toma de consciencia de los distintos problemas que actualmente aquejan al país y que, por ende, requieren ser tomados en cuenta en la construcción de planes de educación de mediano y largo plazo. Entre otros, cabe hoy tomar en cuenta la situación del cambio climático y del deterioro del medio ambiente, sus causas y efectos; así como aquellos que determinan la prevalencia de la discriminación y el racismo. También es menester considerar los efectos de la desnutrición crónica infantil y la falta de oportunidades laborales y de aprendizaje para crecientes números de adolescentes y los jóvenes.

No cabe duda que también habrá que reconocer el aún insuficiente rendimiento escolar que evidencian las pruebas nacionales estandarizadas y las razones por las que ello ocurre, así como las condiciones materiales y simbólicas en las que se dan los aprendizajes  de los educandos guatemaltecos. Pero, además de todo lo señalado, los acelerados cambios que experimenta la humanidad y aquellos que también impregnan a la sociedad guatemalteca, exigen repensar aquello que se estableció hace casi ya 20 años.

Solo a manera de ejemplo, cabe señalar el papel preponderante que hoy juegan las nuevas tecnologías de la información y comunicación y cómo estas influyen de forma decisiva en los modos, estilos y ritmos de aprendizaje. Pocos deben ser hoy los niños y jóvenes guatemaltecos que no acceden al Internet, que son parte de alguna red social y que no se comunican y aprenden por este medio. Como es obvio, la escuela no puede estar ajena a tal transformación.

Así, estamos ante condiciones y problemas de índole interna y externa como a potencialidades tanto propias como ajenas que nos plantean, tal vez como nunca antes, desafíos que, a mi juicio, aluden a lo que de manera restringida se ha establecido como calidad de la educación. Y es que, desafortunadamente, en la comprensión de esta calidad ha primado una visión economicista  impregnada por la racionalidad productiva que, de un lado, privilegia los productos por sobre los procesos, y, de   otro lado, presta atención casi exclusiva a la eficiencia y eficacia. De allí que tanto importe hoy la dimensión cognitiva y el rendimiento escolar en solo dos áreas del conocimiento, en detrimento del desarrollo de la afectividad, la autoestima, el sentido de pertenencia, la vida en convivencia y la responsabilidad ciudadana. Lamentablemente, hemos perdido de vista esos otros factores igualmente importantes como la relevancia social de los aprendizajes y la pertinencia cultural y lingüística de los mismos, siendo estos últimos determinantes para sociedades que viven hoy en contextos de incertidumbre que requieren de respuestas producto de aprendizajes complejos. Al parecer, el mencionado énfasis economicista nos ha llevado a olvidar el fin de la educación es la formación integral del educando, y que el aprendizaje se caracteriza por ser fundamentalmente social y situado, y que, por ende, la historia particular de la sociedad a la que pertenecemos, el contexto cultural y las condiciones en las cuales el aprendizaje se desarrolla resultan determinantes para lograr esos  mismos resultados que anhelamos.

La situación que atraviesa el país y los riesgos que se nos presentan ahora a los seres humanos y que ponen en cuestión nuestra continuidad como especie, exigen cambios drásticos en la educación, a partir de un replanteamiento total del modelo civilizatorio hegemónico, y del desenfrenado individualismo desde el cual hoy pensamos, actuamos y sentimos. Pareciera hoy necesario repensar acerca de esas otras dimensiones humanas hoy postergadas como la solidaridad, la cooperación, el apoyo mutuo, la convivencia con la naturaleza, que nos llevan a pensar en el bien común y no solo en el bienestar individual. Desde esa perspectiva de un buen vivir y de superación de la persistente desigualdad y de la injusticia social vigente, deberíamos buscar modelos y estrategias educativas que nos reconcilien con nuestra condición humana y de seres que forman parte de una colectividad determinada, fundamentales, para desde allí configurar modelos de desarrollo que sean humanos y sostenibles.

Desafíos como los que formulamos, solo pueden afrontarse a través de proyectos de mediano y largo plazo. Se trata de superar racionalidades cortoplacistas ancladas en las urgencias inmediatas, y en visiones estrechas, limitadas por un espectro de solo cuatro años de una gestión gubernamental. Ante imperativos tan grandes, no resulta dable pensar en plazos tan cortos, menos aún en cuando se trata de la acción educativa, cuyo tiempo de maduración es más largos y requiere de una perspectiva de al menos una cohorte completa, desde el nivel inicial hasta por lo menos la secundaria completa, sino pensar en toda una generación. Los países latinoamericanos que últimamente vienen logrando avances en la educación lo han hecho a través de planes de largo plazo basados en consensos políticos que les han permitido a los actores del sistema educativo precisamente trascender los límites de una administración gubernamental.

Desde la recuperación de la democracia, la educación guatemalteca tomó en cuenta la necesidad de cambios drásticos en su modelo educativo, y desde 1985 emprendió un camino importante de cambios y reformas. La agenda de entonces, en rigor, sigue vigente. Sus objetivos y líneas de acción clave parecen todavía ser útiles. Pero lo que faltó es arribar a un plan de acción y a estrategias consensuadas que trascendieran gobiernos, de forma tal de configurar políticas de Estado y no políticas de gobierno.

Y es que, así como la sociedad guatemalteca requiere de un nuevo contrato social que reconcilie al país consigo mismo y que apunte al logro de la unidad en la diversidad que lo caracteriza, del mismo modo su educación requiere de planes de acción de mediano y largo plazo que formen a los ciudadanos del futuro, que contribuyan a la implementación de tales consensos, y, por ende, a la construcción de esa renovada sociedad guatemalteca. Tales formulaciones requieren de procesos democráticos de construcción de consensos en distintos niveles, con una pléyade grande de actores, y desde distintas direcciones de abajo hacia arriba y del centro a la periferia. En verdad, Guatemala está ante la necesidad de un nuevo pacto educativo, que lleve al país a remontar la situación actual.

Emprender el camino de la formulación de un nuevo plan educativo nacional implica movilizar voluntades y poner a la sociedad toda a pensar en su presente-futuro y hacerla soñar con un destino diferente; y, por ello, entraña construcción social. Desde esa perspectiva, el ejercicio es educativo en sí mismo pero a la vez político, pues con la elaboración de su proyecto educativo nacional Guatemala pasará por la concreción de una propuesta político-pedagógica que contribuya a las transformaciones que los distintos sectores sociales que la componen anhelan.

El Consejo Nacional de Educación, por su naturaleza y conformación, está destinado a convertirse en un actor privilegiado de este transcendental proceso. Su responsabilidad histórica es movilizar a los distintos sectores y actores sociales en torno a la educación de todos y para todos. Por ello, sus miembros, en tanto representantes de distintos sectores de la sociedad guatemalteca deben posponer intereses particulares y, desde un anclaje cognitivo y afectivo en el bien común y munidos de una racionalidad estratégica arribar a esa nueva propuesta políticopedagógica que el país requiere.

CALIDAD EDUCATIVA

por Jacqueline de De León

Guatemala es un país de contrastes, que los indicadores nos sitúan como un país alejado del desarrollo humano. Debemos soñar y pensar que estas limitaciones y deficiencias en el acceso a ingresos y recursos, en el disfrute de derechos básicos y en restricciones a las opciones personales o grupales para prosperar  quedarían en el olvido si invirtiéramos en educación. Sólo el fortalecimiento de la educación sienta las bases sólidas sobre las cuales se puede construir la solución al resto de los problemas sociales de una nación. Si aspiramos a crear una sociedad más justa, equitativa y desarrollada, debemos entender que el eje central lo debe constituir la educación. La formación del capital humano se constituye en el objetivo fundamental que todo país que se precie de ser civilizado debe llevar a cabo.

Un aspecto fundamental para Guatemala es definir un proyecto de país, donde la educación sea un subsistema del sistema social y responda a esta concepción. Debemos concebir la educación como un proyecto a largo plazo y no como un proyecto de gobierno.

Nuestra sociedad requiere que las personas estén conscientes y bien informadas de sus responsabilidades, que sean creativas y que estén abiertas al cambio. Las transformaciones aceleradas que se dan en la sociedad exigen que las personas desarrollen un sistema de valores, un conjunto de competencias que les permitan lograr su proyecto de vida y comprometerse con el de su sociedad.

La escuela, como un instrumento de esa sociedad, debe abrir las posibilidades para que las personas tengan una formación integral. Debe promover la formación de personas éticas que piensan, razonan, evalúan y resuelvan problemas. Todo esto con el desarrollo de un pensamiento reflexivo, con capacidad de observación, inventiva y la posibilidad de dar respuestas rápidas y pertinentes.

El sistema educativo debe constituir la instancia decisiva por ser la base del desarrollo del país, deberá generar y difundir el conocimiento en la sociedad. Los indicadores de analfabetismo, repitencia, cobertura, deserción, entre otros, nos obliga a proponer cambios radicales en el sistema educativo. El país reclama transformaciones profundas en nuestra educación. Los requerimientos para una convivencia democrática y una mejor calidad de vida también lo exigen. La resolución de la problemática de la pobreza demanda del concurso de la educación. Se necesita más capital humano para tener una mejor calidad de vida.

El país debe responder con oportunidad y efectividad a las exigencias de las sociedades del siglo XXI y asegurar un futuro promisorio para las nuevas generaciones. En los últimos años parece haberse agudizado la crisis que desde hace tiempo atraviesa el sistema educativo guatemalteco con manifestaciones en la falta de equidad, relevancia y pertinencia. UNESCO define calidad educativa como “La calidad de la educación en tanto derecho fundamental, además de ser eficaz y eficiente, debe respetar las demandas de todas las personas, ser relevante, pertinente y equitativa. Ejercer el derecho a la educación es esencial para desarrollar la personalidad e implementar los otros derechos.” En estas circunstancias es imperativo plantearse objetivos de cambio con el fin de elevar la calidad, y lograr una mayor equidad en la distribución del saber y del conocimiento. La idea de equidad impone compensar las dificultades con atención a las diferentes demandas de los destinatarios del servicio educativo. Es necesario contextualizar la educación, es decir se debe brindar un servicio que se adecúe a los requerimientos de la realidad en la que se desarrolla el proceso educativo.

El proceso educativo requiere mejorar la cobertura y la calidad de la educación, de forma tal que las generaciones venideras estén en condiciones de responder a las demandas sociales, políticas, económicas, culturales, ambientales y espirituales. Promover la educación para la gestión participativa y fomentar la organización y funcionamiento de estructuras participativas son acciones necesarias para llevar a cabo la reforma educativa. Deberá promulgarse y divulgar una estructura jurídica que viabilice la gestión participativa. Asegurarse la participación de todos los sectores involucrados en el proceso educativo es de suma importancia. Es indispensable ampliar la cobertura para lograr equidad en la oferta, asignándole los recursos necesarios de manera que esta oferta sea cuantitativa y cualitativamente adecuada y asegure el derecho humano a la educación. En la última década se ha ido logrando un consenso entre los diversos sectores de la sociedad guatemalteca en cuanto a que la inversión en educación vale la pena. En nuestro país no se ha privilegiado la inversión en educación, se ha destinado menos recursos a este sector que la mayoría de los países latinoamericanos. Los países que han invertido en educación han alcanzado mayores niveles de productividad y gozan de una mejor calidad de vida. No podemos olvidar que el sistema debe verse integralmente, un país que no atiende al nivel medio no tendrá recurso humano calificado y preparado que realice el trabajo intermedio y el país que no invierte en el nivel superior estará condenado a no llevar a cabo procesos de investigación ni de generación de conocimiento y está destinado a consumir el conocimiento que se produce en otros países.

Además de plantear cambios profundos, es necesario tener la flexibilidad suficiente para permitir la incorporación de nuevos componentes que respondan a las necesidades cambiantes y de acciones de modernización que generen nuevas modalidades de provisión de servicios, de transferencia de más capacidad de gestión a las escuelas y un mayor involucramiento de las comunidades en los planes educativos. Es indispensable reforzar la organización y participación local en la toma de decisiones para que el proceso de descentralización educativa se realice con gestión participativa.

Debe reconocerse que lo social, lo cultural, lo político y lo económico operan como factores condicionantes de las prácticas pedagógicas y que el proceso de enseñanza aprendizaje no se da en un vacío social, sino que entraña una situación de interacción por una multiplicidad de factores. Orientar la educación rural y urbana marginal dentro de una política de desarrollo global que mejore la calidad de vida de esta población es un imperativo.

El escenario actual, que se caracteriza por el rápido avance de la ciencia y la tecnología, el acceso a la información y la interdependencia creciente de las naciones en todos los órdenes, genera retos y ofrece oportunidades al desarrollo de los países y a la integración de los pueblos. Es un imperativo que
el uso de la tecnología sea incorporado al currículo.

Los docentes están obligados a cumplir una función muy importante, desempeñar un papel fundamental en el proceso de mediación del saber y del conocimiento y debe constituirse en el responsable de adecuar el proyecto educativo a  la realidad de su comunidad, escuela y su aula. Es urgente la revalorización de la profesión docente. Los maestros deben creer y sentir que la tarea que llevan a cabo tiene una gran significación social para ellos y para los demás. Los docentes se convierten en agentes activos y decisores, que deben poseer una actitud positiva hacia el cambio, el aprendizaje permanente y las innovaciones educativas. La situación laboral de los maestros necesita ser modificada y su proceso de formación debe ser encomendado a las universidades, pero éstas a su vez deben adecuar su servicio a las demandas de la sociedad y asegurar la cantidad y calidad de los egresados. Urge el desarrollo de estrategias de mejoramiento del docente, orientadas a su formación inicial y a su educación permanente.

Las sociedades modernas se sustentan cada vez en mayor medida en la sólida formación de las personas que las integran para alcanzar un desarrollo personal y social sostenido. La vida moderna impone la necesidad de que los procesos de aprendizaje no se circunscriban a la formación inicial de las personas sino que se extiendan a lo largo de la vida. Esto sin duda representan un reto de gran envergadura por el elevado nivel de avance tecnológico y acceso generalizado a la información que supone, pero, sobre todo, por lo que significa a toda la población la formación y los elementos de aprendizaje continuo que reclaman los nuevos tiempos.

La calidad del sistema debe mejorarse. No es suficiente hacer un esfuerzo para llevar educación a todos, debemos obtener los aprendizajes relevantes, los estudiantes deben progresar adecuadamente en el sistema. El esfuerzo vale la pena solamente si se logra que la inversión en educación efectivamente se traduzca en desarrollo comunitario, en el fortalecimiento de la democracia y en el mejoramiento de la calidad de vida de la población. El desarrollo de Guatemala es un reflejo de la calidad educativa. El sistema educativo debe evaluarse. Sin evaluación educativa no puede haber calidad de la educación. La evaluación por sí sola únicamente consigue dimensionar un fenómeno. No brinda explicaciones de lo que está causando ni su magnitud ni las diferencias entre personas, escuelas, zonas, grupos étnicos o clases sociales. Con el fin de explicar estas diferencias, para formular hipótesis más fundamentadas sobre sus causas, es necesario que se realice investigación evaluativa, cuyo propósito precisamente es explicar. Es necesario que la evaluación se vincule con la planeación. Es necesario que la evaluación pueda responder a la pregunta acerca de sí la política educativa relacionada con la calidad y la equidad está logrando resultados. Asimismo es imperativo que los tomadores de decisiones usen la información que proporciona la investigación evaluativa. Es necesario que se haga pública la información y los resultados de la investigación evaluativa.

Los déficits plantean un reto a la creatividad de quienes administran los servicios educativos, ya que deben proponer programas suplementarios o complementarios. No sólo se necesitan más escuelas, sino también fijar con claridad y precisión el papel de la escuela como agencia de cambio y de desarrollo de la comunidad.

Guatemala es un país multilingüe y pluricultural, por lo que es necesario promover la investigación intercultural, como insumo para mejorar el modelo de educación bilingüe intercultural. Es indispensable fortalecer el concepto de educación bilingüe intercultural así como redefinir el sistema educativo  guatemalteco, para que permita la creación de un modelo pluricultural, multilingüe y multiétnico que responda a las condiciones del país y que éste se incluya en el marco del proyecto de nación.

La educación debe favorecer la creatividad, la tolerancia, la solidaridad y la participación responsable en el proyecto de país. La educación constituye la mejor inversión en cuanto a la promoción social. Las inversiones en educación son impostergables si se desea preparar a las nuevas generaciones para que participen positivamente en las acciones que permiten alcanzar el desarrollo, aunque son de recuperación y beneficio tardío, El mejoramiento de vida de las personas se convierte en la meta fundamental que Guatemala debe llevar a cabo. De lo contrario no podríamos entrar con dignidad en el concierto de las naciones del mundo. Alcanzar una educación de calidad para todos es un asunto que compete a la sociedad en su conjunto.

CONSEJO NACIONAL DE EDUCACIÓN

El Consejo Nacional de Educación, constituido  al amparo del artículo 12 de la Ley Nacional de Educación, Decreto No. 12-91 del Congreso de la República de Guatemala, instalado estructural y funcionalmente mediante Acuerdo Gubernativo No. 304-2008 de fecha 20 de noviembre de 2008, presentan a los diferentes sectores y a la población en general, las Políticas Educativas que deben regir al país.

Las políticas son el resultado de un trabajo conjunto realizado por los representantes de cada una de las instituciones y organizaciones que conforman el Consejo Nacional de Educación. Trabajo en el que se ha tomado como base lo expuesto en el Diseño de Reforma Educativa de 1998, el cual contiene políticas y estrategias para resolver los desafíos educativos del país y que después de más de diez años siguen vigentes; las diferentes propuestas de políticas educativas formuladas por diversas instituciones nacionales e internacionales como las Metas del Milenio y las Metas 20-21, tiene la finalidad de hacer una propuesta que en forma efectiva, a mediano y largo plazo, responda a las características y necesidades del país.

Estas políticas son de interés nacional y de aplicabilidad para el sector público y privado. Tienen como fin principal orientar las líneas de trabajo presentes y futuras, para la consecución de los objetivos que tiendan al desarrollo integral de la persona a través de un Sistema Nacional de Educación de calidad, incluyente, efectivo, respetuoso de la diversidad del país y que coadyuve al fortalecimiento de la formación de la ciudadanía guatemalteca. La gestión descentralizada, el uso efectivo y probo de los recursos públicos y la rendición de cuentas a la sociedad, son fundamentales para el logro de estas políticas.